1. La invitada inesperada


    Fecha: 14/09/2018, Categorías: Fetichismo, Autor: Cavrioto, Fuente: CuentoRelatos

    En una noche, trabajando en mis bocetos para entregarlos a la prensa, divisando la soledad que imperaba en mi habitación, meditando sobre los goces que un hombre puede hallar aun en la soledad y en el silencio, tocaron a la puerta para trastornar mi concentración: era Baldomero, un antiguo colega que conocí en un club fetichista que gustaba de hablar sobre los placeres más increíbles y más fantasiosos. Al entrar, me miró y me estrechó la mano; tenía los ojos cristalinos –esto me dio mala espina, pues él nunca mostró pena y consuelo en aquellos clubes que con frecuencia tomábamos partida y mucho menos en público y le fastidiaba hablar de misericordia y amor al prójimo. Era huidizo cuando comenzaba alguna plática sobre estos temas; de política ni se diga. -¿Qué te pasó? ¿Alguna chica se burló de tus bajas pasiones? -No, no –respondió-; es algo más penoso: me han echado del cuarto… por… -Por no pagar la renta, ¿no es eso? –Le interrumpí con cierta mofa. Calló por un instante y después, de recobrar el aliento me dijo: -¡Cómo crees! Fue por culpa de una chica… de Helena… ¡caramba, me hipnotizó, me vedó la razón y ahora tengo que mendigar! -¿Pues qué te hizo? -Es una larga historia, amigo. –Empezó a decir con aire profundo-. Pero tengo que desahogarme con alguien y qué mejor que sea con otro que entienda esta inclinación de los pies femeninos. Verás, la conocí en una farmacia: Helena desea ingresar a la Facultad de Medicina; la conquisté y la llevé conmigo. Le quité los zapatos de ...
    manera salvaje. Procedí de tal forma, amigo, debido a que ella se excita cuando, antes de tener sexo, la sujeto bruscamente de aquí para allá a manera de preámbulo ceremonial. Ella me pedía clemencia con una voz tan inocente que bastaron unos segundos para que mi falo se tornara duro. Así, descalza, le tomé los pies y me los comí. Helena se carcajeaba pidiéndome que le succionara todo el calor que sentía en sus deditos y que deseaba ser sometida a los más bárbaros deseos de mi mente. Ya húmedos inicié la masturbada. Helena me aplaudió y sus tiernas plantas rozaron, estiraron y aromatizaron mi obelisco. Apenas hace dos semanas que la desvirgué, ¡ya te imaginarás! Ella gimió tan fuerte que se diría que sus gritos hablaron con las estrellas, entonces la vecina contigua, al día siguiente, se quejó con la patrona y ella me hizo saber que si seguía así me iba acusar para que me fuera. Helena se escondió de la vergüenza y me dijo que la perdonara “por ser tan chillona”. Yo la besé y le dije que no se preocupara, que era normal aquello pero que tendríamos que disminuir nuestras actividades sexuales. “-Pero no puedo –respondió-, aunque sea lléname de besos por todo el cuerpo pero no dejes de tocarme. “Como soy joven, le hice caso. “Esa misma noche, Helena estaba leyendo un librito de química elemental cuando se me ocurrió la idea de jugar con sus pies, que reposaban en los apoyos laterales del sofá. Primero me negué pero fue más fuerte la pasión de semejante visión que la razón de mi ...
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